Cada comienzo de año, nos lanzamos en un deseo desaforado por cambiar: orar un poco más, leer la Biblia, asistir a los cultos, guardarse para Dios. Creemos que lo que se ha abandonado por un largo tiempo, o que no se ha tenido la costumbre de realizar, se conseguirá como por arte de magia. Olvidamos frecuentemente que la vida Cristiana es un proceso de todos los días, no de los sábados o domingos antes ir al culto.
Los discípulos no fueron “grandes” hasta no pasar por un proceso de crecimiento y acompañamiento constante por parte del Maestro; Abraham no fue patriarca, hasta tanto no lo probó Dios; David no se posesionó como rey inmediatamente y Jonás no obedeció hasta que lo aprendió.
La iglesia se ha trazado la meta de que el año 2011 sea “el año del crecimiento”. Y la pregunta válida es: ¿qué clase de crecimiento? Si es en número de asistentes, es válido, estamos en mora de ganar nuevas personas, no sólo para hacer crecer ese número, también porque es nuestra comisión como anunciadores del Reino. Sin embargo, ese crecimiento en cantidad de asistentes y miembros, tiene implícito el crecimiento de nuestra vida Cristiana. Ella, se constituye, no sólo por los momentos de oración, lectura de la palabra o asistencia a las reuniones; también tiene que ver con nuestras relaciones… es la construcción de poder tenerlo todo en común, ayudarnos a llevar las cargas, conocer los nombres y el estado de quienes nos rodean, de lo contrario, será un crecimiento superfluo, sin garantías y solo lograremos tener una iglesia llena. Tenemos las herramientas para alcanzarlo: la sangre y el agua que brotaron del costado de Cristo nos limpian, nos rodean personas capacitadas y escogidas por Dios, que nos guían hacia la meta, tenemos la biblia, tiempos para reunirnos, hermanos y hermanas que nos aman. La tarea entonces es tomar la decisión, el crecimiento no se da de un momento a otro; crecer, prosperar y desarrollarse, da cuenta de que es en el tiempo y necesita esfuerzo. “No es que ya lo haya conseguido todo, o que ya sea perfecto. Sin embargo, sigo adelante esperando alcanzar aquello para lo cual Cristo Jesús me alcanzó a mí.” Filipenses 3:12 (NVI)
Óscar Marín Garcés
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